20 abr. 2013

La voladura del Alcázar de Toledo. Largo Caballero y el general Asensio Torrado

Largo Caballero y el general José Asensio Torrado
enlace con el segundo capítulo "Sin novedad en el Alcázar"
enlace con el siguiente capítulo "El Alcázar es liberado"
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Leer: "El Alzamiento Nacional fue proyectado y provocado por la Tercera Internacional y el Gobierno de la República del Frente Popular Español"
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"Mi pensamiento acerca de los responsables de la guerra civil"
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Largo Caballero observa la voladura del Alcázar

                                          Capítulo Trece. Tercero del Alcázar de Toledo

Una de las dos explosiones
Sin ser aplicada una ofensiva determinante, transcurrieron las jornadas de agosto, que enlazaron en su semejanza con las primeras semanas de septiembre en el fútil asedio al Alcázar, sometido a un inoperante disparo de fusilería y a un cañoneo que destrozaba y removía ruinas.
Mientras tanto, entre los sitiados continuaban las deserciones de soldados y cabos y las salidas a la ciudad en busca de alimentos, pero decreciendo ambas actividades en intensidad.. Pero esta última fue compensada con los lanzamientos de víveres y municiones realizados en las esporádicas visitas de la aviación nacional, que iban acompañados con cartas plenas de ánimo, rubricadas por el general Franco.
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Como los intentos de la heterogénea infantería del Frente Popular había marcado una clara insuficiencia, el mando sitiador desarrolló un plan de acoso y derribo, supuestamente definitivo:
Otra de las dos explosiones
Se perforó una galería, que en su avance, al llegar a las proximidades de los cimientos del Alcázar se bifurcó, dando lugar a dos fondos de saco lindantes con la cimentación, que se colmaron de explosivos, para ser activados por el concurso de los necesarios detonadores y mecha lenta. La técnica militar de galerías y socavones, cargados de explosivos, bajo las defensas de los cercados ya lo utilizaron los otomanos en el sitio de Viena de 1683, sin éxito.
Se atracó con calculada y esperada suficiencia ambas cámaras explosivas. Se prendió la mecha. Se retiraron los artificieros. Pocos minutos después, retumbó en el cielo toledano el fragor de las dos explosiones hermanadas, casi simultáneas.
Con la lógica de un trabajo realizado con torpeza, la dinamita vertió su máxima potencia explosiva hacia el interior de la galería de avance, verticalmente. Se destruyó sólo la fachada oeste del Alcázar y el torreón suroeste, además de todos los edificios próximos.
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En la voladura, el presidente del Consejo de Ministros de la República del Frente Popular, Francisco Largo Caballero,  hizo acto de presencia acompañando al general en jefe de los atacantes, José Asensio Torrado. Largo Caballero observó con un periscopio, empleado habitualmente en las trincheras, el espectáculo brindado aquel viernes 18 de septiembre de 1936. Acto que estuvo precedido por un intenso cañoneo de las baterías terrestres.
El Alcázar de Toledo tras las dos explosiones
El punto final del estratégico plan lo protagonizó la infantería, que no logró asentarse en el semiderruido torreón noroeste, conquistado en primera instancia, durante la confusión creada por las formidables explosiones.

Durante los días siguientes, las cada vez más próximas columnas nacionales liberadoras, motivó al general Asensio para que sus tropas recrudecieran los ataques. De nuevo, reiterando el fracaso ante la creciente actividad de la aviación nacional.
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El domingo 27 de septiembre, durante el atardecer, se realizó el último esfuerzo de la infantería para tomar el Alcázar, acuciados por el sonido, cada vez más amenazador de las bombas de la artillería nacional. 
Pero los militares y civiles cercados, conocedores de la situación, permanecían ilusionados, llegando un momento en el que procedieron a izar la bandera nacional en el sufrido torreón noroeste.
El lunes 28, de madrugada, los sitiados, ante la huida de sus asaltantes, formaron en el exterior, al pie de las ruinas, para recibir de frente a la anhelada y sentida avanzadilla del Ejército Nacional.
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Nota. El cabo de la Guardia Civil, Cayetano Rodríguez Caridad conocedor de las labores mineras debido a su pasado trabajando en las minas de Peñarroya, vigiló con entusiasmo y paciencia los esfuerzos de los sitiadores para perforar la galería, situándose, para ello, en el exterior del Alcázar. La explosión mató a Rodríguez Caridad, cuatro guardias civiles más y dos soldados. El cadáver de Cayetano apareció diecisiete años más tarde.
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